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Kaloian Santos. La Jiribilla

Las culpas de Frank Delgado

Nostalgia, melancolía, y a ratos, sublimidad. Auténtico, optimista y agradecido de la vida que vivió porque la escogió y porque le hace feliz, Frank se pasea por el escenario, de un lado al otro, sin saber a ciencia cierta qué hacer con las manos desnudas, sin su guitarra y sin tener las ideas en un orden predeterminado. Añora, tararea, ríe, observa, inquiere… y disfruta de esas tres horas como si fueran las últimas que le tocaran en este mundo y como si quienes están sentados ahí, en frente, no tuvieran otra opción que escucharlo.

Pueden irse todos, los que nacieron en los años 60 y los que nacieron tres décadas después. Nadie los obliga a quedarse frente a él, viste de negro, lleva un sombrero y comparte ese diálogo provocador desde la distancia. Sin embargo, nadie se va porque, los primeros quieren recordar y los otros quieren saber cómo era la Cuba que no conocieron y cómo ha sido su vida y qué pasó en Angola y por qué se demoró en grabar su primer disco…y cantar, sí, también cantar.

No sabía yo que podía haberlo conocido como Chico Gil, o como Frank D’Max, o con cualquier otro sobrenombre artístico que le propusieron usara años atrás, cuando se hacía de un espacio propio como trovador. Tampoco sabía que extrañaba tanto el escabeche de los carnavales de La Habana y que su musa, la primera, se llama Isabel. Pero no importa si se sabe mucho o poco, o si un día, de un tirón, nos lo quiere contar todo. Lo importante es que vibre el alma y el cuerpo y la memoria cuando nos cuentan algo, y si hay música, lo importante es que al escucharla, sintamos que a pesar de todo, llegaremos a algún lugar.

A Frank Delgado le toca, entonces, cargar con las culpas. Sí, porque fue a él a quien se le ocurrió volver al Teatro El Sótano a celebrar los 40 años de su vida artística todos los miércoles de este verano y para presentarse “Como él mismo” en un espectáculo que conjuga su carisma con los básicos códigos escénicos de todo artista que se respete. Por tener esa idea, una vez a la semana no basta (y ya se debe haber percatado) para que todos los que quieran entrar, puedan. Gracias a él, muchos viajaron en el tiempo y descubrieron que compartían sus vivencias y sintieron tristeza porque ya no son las mismas. Por su culpa, a otros como yo, nos entristece no haber conocido aquello que ya no está, y nos inquieta no tener la solución a mano para devolverlo….

Culpa tiene, por haber querido jugar “en esta especie de terapia a lo juglaresco”, de que nos hayamos quedado con ganas de saber qué pasó después de 1995, cuando su primer disco, Trovatur, salió a la luz. Lo culpo por haber sido tan sincero y por enterarnos de cosas que, tal vez por referencias lejanas, no nos parecían creíbles. Y claro, la mayor de todas sus culpas es hacerme creer, sin decírmelo, que puedo un día cualquiera invitarlo a sentarse en mi ancho portal (sin anunciarle que no se resistirá a volver) a que me cuente todo lo demás, así, como él mismo es, sin artilugios ni rebuscamientos. Me gusta saberlo culpable porque sé que él asume esas culpas con gusto.

La Jiribilla