Se llama Carmen, Carmen la cubana (y algunas ideas sobre el teatro musical y Cuba)

La prensa británica, famosa por sus exigencias y tratamiento honesto respecto a lo que promociona, ha otorgado a Carmen la cubana, el musical que ha cubierto la primera parte del mes de agosto en el prestigioso Sadler’s Wells, con halagos que podrían parecer sorprendentes. El famoso teatro, donde Pina Bausch y tantas célebres compañías han presentado sus producciones más recordadas, ha acogido a este grupo numeroso de artistas que bajo la guía de Christopher Renshaw reimagina la bien conocida historia de la gitana que prefiere morir antes que rendirse ante quien no ama. Carmen la sevillana, desde que Prosper Mérimée la convirtiera en protagonista de su noveleta, ha sido la figura central de numerosas versiones y adaptaciones, ninguna capaz de superar a la de la ópera de George Bizet, verdaderamente capaz de sacarla de las páginas del libro para permitirle sobrevivir décadas y décadas mediante esas nuevas interpretaciones. Carmen la cubana, que llega a Londres tras su paso por Francia en 2016, y ahora por Alemania, es una nueva mirada a una mujer que, más allá de ropajes y épocas, sigue siendo fiel a sí misma, aunque la muerte sea su destino irrevocable.

Llegué a formar parte del equipo que ahora aparece ligado a este musical a través de una llamada telefónica. Christopher Renshaw, director con una larga trayectoria que incluye la ópera, el teatro dramático y el teatro musical, visitó Cuba y como tantos, quedó fascinado por su cultura y por su gente. De ahí que comenzara a imaginar una nueva Carmen, emplazada en este ámbito nuestro, lleno de contrastes, contradicciones y un potencial que no muchos calibran debidamente. Renshaw, quien trabajó con Joan Sutherland, Pavarotti, y dirigió entre otras piezas un revival muy exitoso de The King and I, por el que llegó a estar nominado al premio Tony; comenzó a tantear entre los posibles colaboradores para hacer tangible ese sueño. El productor británico Jon Lee es uno de sus aliados, y tuvo la fortuna de contar con el talento de Alex Lacamoire, músico y arreglista de origen cubanoamericano, que a estas alturas ya ha ganado varios premios Grammy y Tony por su desempeño en obras tan reconocidas como In the Heights, Hamilton —junto a Lin Manuel Miranda— y Dear Evan Hansen.

Para Lacamoire, reinterpretar la partitura de Bizet en función de aires latinos y caribeños sería un reto que lo devolvería a sus raíces familiares, y su unión posterior con el joven músico de la Isla, Edgar Vero, devendría una ilación perfecta. En cuanto a la dramaturgia y la versión al español del argumento y las canciones, el punto de partida estaba en la muy aplaudida Carmen Jones. Creada por Oscar Hammerstein II, uno de los más importantes renovadores del teatro musical norteamericano desde los años 40, a partir de la ópera de Bizet, fue la primera producción de su tipo que llevó a todo un elenco de afroamericanos a Broadway, y alcanzó mayor resonancia cuando Otto Preminger la convirtió en el filme que centralizaron Dorothy Dandridge y Harry Belafonte, en 1954.

Es aquí donde me enlazo a lo que ahora se conoce como Carmen La Cubana. La recomendación que dio a Renshaw el destacado dramaturgo cubanoamericano Nilo Cruz, ganador del Pulitzer por Anna in the tropics, nos puso en contacto. Fue un golpe de suerte. Yo recordaba haber visto el filme en mi niñez, junto a mi madre, y esas memorias aún me acompañaban. En ese instante, además, me alistaba para crear una versión titiritera a partir de Carmen, que me pidió Teatro de las Estaciones y que aún le debo. Pero gracias a ello, y a la gentileza de amigos como Ahmed Piñeiro, ya me encontraba sumergido entre versiones danzarías y producciones operísticas de la gitana inmortal. La llamada que recibí desde Miami fue el detonante, y tras comprobar que Christopher Renshaw era un director experimentado (y no uno de tantos que se nos han aparecido en Cuba proclamándose como tales cuando en verdad distan mucho de ser verdaderos artistas), decidí formar parte de la creación de este nuevo musical. Siempre quise vivir la experiencia de ser parte de una producción como esta, en diálogo real con genuinos profesionales del medio, por muy poco que se le respete en Cuba y por muy poco que podamos hacerlo aquí en la escala que hoy tiene ante los espectadores más exigentes del mundo. Me pareció una oportunidad caída del cielo. Y entré de lleno a trabajar en esta nueva Carmen, a sabiendas de que debía entenderlo (y aún lo entiendo) como un reto muy exigente.

Los especialistas del género y quienes viven de él lo advierten: crear un musical se tarda entre tres y cinco años, nunca menos. Son muchos los talentos y empeños que hay que colocar en sintonía, y no poco lo que deben aportar los productores, ya que se trata de un género caro. A favor de Renshaw estaba el gran potencial musical y danzario de la Isla, y en contra de ello, nuestra pérdida de la tradición del teatro musical y de actores y actrices entrenados debidamente para sus demandas. Un intérprete de este tipo de obra debe actuar, bailar y cantar con dignidad. Con virtuosismo, si es una verdadera estrella (algo tan raro de encontrar). Las audiciones demostraron que teníamos talento, y que hacía falta mucho para conseguir que esas figuras, provenientes del teatro dramático, del teatro para niños, el teatro lírico y el cabaret, conformaran un ensamble sólido, como debe ser en esta clase de producciones.

A cargo de la coreografía estaría Roclan Chávez, con el Ballet de la Televisión Cubana. En las madrugadas de Alamar, oía a Maria Callas entonar las arias de Bizet, repasaba una copia de Carmen Jones, y escuchaba a Alex Lacamoire en los archivos mp3 que me enviaba desde Nueva York para darme la pauta melódica sobre la cual tendría que incorporar mis nuevas letras. En el 2015, en un abandonado y casi a punto de derruirse muelle de La Habana, junto al embarcadero de Regla, presentamos la primera versión de Carmen, el amor cubano (así se llamaba entonces), ante los productores que vinieron hasta acá y un público fervoroso. Tras mucha búsqueda, ya teníamos un elenco. A la cabeza de este, Luna Manzanares, un hallazgo feliz por su voz, su físico, su versatilidad y su organicidad como actriz, aunque jamás hubiera interpretado rol alguno en escena. Hija del diseñador Calixto Manzanares y de la actriz y directora Ana María Nardo, quienes fueron mis profesores en la Escuela Nacional de Arte, Luna es más que la cantante que ahora mismo conoce el pueblo cubano: una verdadera estrella en potencia, como lo han demostrado las críticas que su Carmen ha ido acumulando.

Junto a ella estaba la orquesta dirigida por Kurt Crowley, y Alex Lacamoire, venidos ambos de Broadway. Con luces de Manolo Garriga y un diseño escenográfico muy elemental, presentamos el workshop. En el elenco estaban, además, Alberto Polanco, Miriam Socarrás, Joaquín García, Maikel Lirio, Yordano Cárdenas, Laritza Pulido, Emán Xor Oña y Jazz Vilá, algunos de los cuales han seguido siendo parte de Carmen la cubana. El esfuerzo de muchos obró su pequeño milagro, y parecía que se abrían las puertas para todos. Pero no fue hasta abril de 2016 que el Teatro de Chatelet, en el distrito 1 de París, nos confirmó tal cosa, y allá se revisó el guion, al que se incorporó el británico Stephen Clark, y trabajamos con un elenco que además de los cubanos, añadió figuras de Estados Unidos, República Dominicana, Puerto Rico y otras naciones.

Con el diseño de vestuario y escenografía (un edificio a punto de colapsar en La Habana, donde se desarrollan los dos actos) a cargo de Tom Piper, y luces de Fabrice Kebour, Carmen la cubana llegó a la Ciudad Luz, y el rostro de Luna aparecía en las esquinas y en las estaciones del metro. Albita Rodríguez entró a encarnar la Señora, personaje guía de la trama, y junto a ella y Luna estaban también Eileen Faxas, Nisely Vega, Cedric Leiba, Tony Chiroldes, Joel Prieto y Raquel Camarinha. La prensa francesa elogió el espectáculo, y el Teatro de Chatelet se convirtió, junto a la empresa alemana BB Promotion, en productor de toda la pieza. Entre las alegrías que me regaló esa temporada parisina, amén de dejarme recorrer por vez primera tan hermosa capital, estuvo el saludar a Stephen Sondheim y James Lapine, dos de mis ídolos y responsables del fervor que, pese a todo, sigo expresando hacia el teatro musical contemporáneo.

Ahora, Carmen la cubana, tras una revisión de la experiencia en Francia, llega a Alemania, Reino Unido y Suiza en una gira mucho más ambiciosa. A solicitud de los productores, se reorganizó el elenco exclusivamente con talento nacido en la Isla, lo cual nos permitió incluir a jóvenes figuras a las que pude sugerir para roles específicos. Con Luna Manzanares, Joaquín García, Albita Rodríguez y otros veteranos del proyecto, se pueden ver ahora en escena a Saeed Mohamed Valdés, Rachel Pastor, Cristina Rodríguez, Jorge Enrique Caballero, Indira Hechavarría, Geidy Chapman, Yoset Puentes, Leonid Simeón y Frank Ledesma. Las funciones arrancaron en la Filarmónica de Colonia, ante un público conocedor y respetuoso que cerraba cada noche con aplausos y ovaciones en pie. Tras ese primer fogueo, el espectáculo se movió a Londres, donde justo hoy culminan las representaciones, mientras escribo estas líneas. Como otros importantes periódicos, The Guardian dio cuatro estrellas, de cinco posibles, a Carmen la cubana, y elogió al elenco de actores y bailarines, acompañados por una vibrante orquesta de catorce músicos que interpretan en vivo los arreglos de Lacamoire y Vero, que transforman la célebre habanera en un danzón, y llevan a ritmo de salsa y timba la entrada del toreador, convertido acá en el boxeador Niño Martínez.

Son muchos los halagos de la prensa en Londres, lo que demuestra que Carmen la cubana puede avanzar sin miedo hacia los próximos escenarios, que incluyen funciones a fin de año en Shanghai, sin perder las esperanzas de arribar a Broadway. Entre todos esos elogios, prefiero el que Maria Hardcastle nos regaló en The Wonderful World of Dance, porque creo que resume nuestro propósito central al crear esta pieza: “Cuando la compañía irrumpe en el saludo final, con su dinámica coreografía latina y gloriosa música cubana, enfatiza quién es la verdadera estrella del espectáculo: la cultura cubana que esta producción ha capturado en toda su intensidad.” Y así es, porque más allá de los estereotipos y soluciones fáciles de otros que han intentado acercarse a nuestra cultura y nuestra historia, el equipo de Carmen la cubana ha trabajado en pos de un retrato creíble y colorido, firme en su propuesta sonora, sobre una Isla que tiene mucho que ofrecer y narrar, y que puede hacerlo, en conjunción con talentos de otras latitudes, sin convertirse únicamente en una postal de sonrisas de parque temático.

En este nueva versión, Carmen, que vive su conflicto en los albores del triunfo revolucionario, es una mujer que ha de decidir a qué mundo se integra, y que no se reduce a elegir un hombre sobre otro. Esa es la diferencia de nuestra Carmen respecto a las otras: por detrás de los suntuosos arreglos, se oyen los ecos de un cambio que va a redefinir a Cuba, y a su protagonista, y que deja al espectador pensar por sí mismo acerca de libertades y sacrificios, en sintonía con lo que el musical contemporáneo aspira a presentar al público que no desee solo brillo y simple entretenimiento.

Como punto final, quiero agradecer inmensamente a Christopher Renshaw y a los profesionales del teatro musical que me han permitido ser parte de esta idea tan feliz. Para mí ha sido un proceso de aprendizaje y de reto, sometiéndome una y otra vez a reescrituras propias del género, y a la confianza en el talento de quienes me acompañan. Abrir la posibilidad de estar con nosotros a nuevas figuras de la Isla es un placer no menos intenso: espero aprendan de esta larga gira nuevas nociones de disciplina, y del diálogo con especialistas y públicos experimentados, cosa imprescindible para todo artista que se respete. Es mucho lo que agradezco a Carmen la cubana, y lo que espero seguir aprendiendo de esta experiencia.

Será difícil ver el espectáculo en Cuba porque, como ya dije, se trata de una pieza cara y de exigencias técnicas que no nos acompañan. Pero confío es que justamente, los que ahora viven cada día las funciones, regresen a la Isla con el bagaje de este fogueo, y puedan compartir lo aprendido con sus amigos y colegas. Es una pena que en Cuba no haya ahora mismo una compañía sólida de teatro musical; que se esté cayendo a pedazos el coliseo donde alguna vez se representara este tipo de obra; que perviva la desconfianza hacia sus mejores títulos; que las tarifas de pago entre músicos, bailarines y actores impidan la solidez que demanda el género; que haya tanto intruso haciéndose pasar por actor de esta expresión, y que haya quien crea que porque canta un poco, baila un poco y actúa un poco, ya puede atreverse a hacer cualquiera de las grandes obras que hoy mantienen encendidas las carteleras de las grandes capitales.

Más penoso aún es que nos conformemos con un teatro musical a medias, con doblajes de voces y presentaciones a medio camino entre la copia de Broadway y la pobreza imaginativa de muchos. Que nuestra propia tradición del género (cuántas veces no volví a ver Un día en el solar, con todo y sus defectos cinematográficos, para admirar las coreografías de Alberto Alonso), esté congelada y condenada a la melancolía de quienes la vivieron. Respeto mucho a quienes atesoran esa memoria, pero creo que debe ser rescatada en términos progresivos, no solo como lamento por una época que ya no retornará. Y claro, con el concurso de quienes deben entender que el teatro musical es parte de nuestra cultura desde los días del bufo, y que pagar por una producción digna, con el talento que sigue esperando acá a que un productor extranjero lo descubra, es una inversión que rendirá frutos a largo plazo. Triste es que vivamos en la “isla de la música” y que tal apelativo pueda comprobarse escasamente en nuestros escenarios. Y no menos triste es que, mientras los artistas aquí nacidos ganan aplausos en terreno tan exigente, nuestra prensa cultural parezca sorda a tal noticia. Por lo pronto, Carmen La Cubana me alivia un tanto de estas cuestiones. Y me devuelve siempre a la grabación de Maria Callas, aunque al oírla, como me pasó cuando me detuve ante la tumba de George Bizet para agradecerle, me parezca escuchar, al fondo de todo, los ecos de mi propio país. Y conste que lo digo sin falso orgullo.

Por Norge Espinosa
Fuente: La Jiribilla


Luna Manzanares


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