Foto

En este verano habanero, el Museo Nacional de Bellas Artes hace posible que los visitantes al Edificio de Arte Universal de la institución entren en contacto con la obra de uno de los creadores que a mediados del siglo pasado alcanzó en el ámbito local un sello identitario: Luis Martínez Pedro.

Desde aquella época, cuando se hablaba de Martínez Pedro inmediatamente aparecía la referencia a las aguas que rodean la isla. Era para muchos el pintor del mar. Su exposición personal de 1963, titulada Aguas territoriales, lo convirtió en un artista de renombre más allá de los círculos especializados, gracias a las reproducciones de las obras de la serie en publicaciones de amplia difusión y al uso de esas imágenes en artículos de consumo.

El pintor sabía que había encontrado un camino abonado para el reconocimiento social. Bajo el título Signos del mar y Otros signos del mar desplegó nuevas realizaciones en los años 1969 y 1970 en Bellas Artes. La crítica contribuyó a fijar la noción exitosa de dichas series.

Al revisitar los cuadros y dibujos del artista, se puede tener una mirada mucho más equilibrada de su obra, y a la vez, ponderar cómo, más allá del entusiasmo y la moda, el creador dejó una huella apreciable en el abordaje temático por el que se le admira y recuerda.

Destaca el punto de vista del ­artista. A diferencia de la mayoría de los pintores cubanos que reflejaron el mar en sus producciones, Martínez Pedro dejó atrás el mero paisaje marino, observado desde la costa. Él pintó el mar, se sumergió en sus aguas, se situó como protagonista y testigo de esa cercana inmensidad.

Y de eso trata, como eje central, la nueva exposición de Bellas Artes: Martínez ­Pedro: el agua en todas partes, en la que hay que reconocer el ingenio de los curadores al resaltar el tema desde la primera sílaba del apellido del pintor, hasta la apropiación de un verso del poema La isla en peso, del gran escritor cubano Virgilio Piñera.

El mar es puro mar, pero no cualquiera. Es el color de la corriente del Golfo, teñida por los sargazos, o la serena ­intensidad de los mares adyacentes a la isla en sus lugares de menor calado. Es a veces un gesto contemplativo y otras una turbulencia calculada. Aunque, casi siempre, deje en el espectador la inquietud de los desafíos.

Pero si algo sigue sorprendiendo en estas series, es la capacidad para desarrollar –y hasta agotar– el tema prescindiendo de toda noción figurativa, a partir de la abstracción. Y no es cosa de un simple coqueteo con esa estética de la representación pictórica, sino de un credo firmemente asumido por el artista desde mucho antes.

La exposición de este verano en Bellas Artes no se limita a colocar al artista en su justo lugar dentro del movimiento abstraccionista cubano, sino contextualiza su producción, lo cual redondea la entrega curada por Odalys Borges –autora junto a Raisa Ruiz del libro Revelaciones, memorias de la obra del artista e Israel Castellanos.

Fuente: Granma

Famoso