El Caballero de París, el gallego más cubano que eternizó a La Habana

En un artículo recientemente en el diario Granma, el Dr. Eusebio Leal Spengler, conocido como "el historiador de La Habana", describió a aquel hombre de harapos que deambulaba con aires de caballero como "gallardo y elegante, un personaje insólito".

Aquel español que vestía de negro, con sus pelos largos y enmarañados a tal punto que fue imposible desenredar su melena, respondía al nombre de José María López Lledín, y había nacido en la localidad gallega de Fonsagrada, un día antes que culminara el año 1899.

"Envuelto en los jirones de una capa negra —lo recuerda Leal—, de largos cabellos que caían como crespos sobre sus hombros, de mirada llameante y perfil aguileño; llevaba en las manos periódicos y revistas, y un ramo de helechos".

Entre las muchas leyendas que se tejen alrededor de López Lledín, se sabe que emigró a Cuba con 14 años de edad junto a tres de sus hermanos, en 1913, a bordo del vapor alemán Chemnitz, intentando buscar mejorar la situación económica de la familia.

La Habana le abrió sus puertas y aquel adolescente, instruido y con buenos modales, jovial, educado y amante de la poesía, encontró empleo en varios hoteles de la ciudad, entre ellos el Hotel Telégrafo, el Manhattan y el Sevilla, hasta que un hecho que la historia no ha logrado precisar con exactitud cambió los derroteros de su vida.

Hay muchas y variadas versiones acerca de lo que realmente provocó que el joven gallego López Lledín fuera a parar a la cárcel en 1920, entre ellas el robo de billetes de lotería, la sospecha de un asesinato, un robo en una bodega, el hurto de joyas, y hasta celos pasionales de un empleador.
Nunca se supo qué sucedió realmente aunque casi nadie duda de la inocencia de este mítico personaje.

Liberado por falta de pruebas, pero con una enfermedad mental a consecuencia de los años de cárcel, el gallego López Lledín inició un peregrinaje por la ciudad que duró más de 50 años, eligiendo portales y esquinas concurridas como espacio para dormir y –quizás sin proponérselo- alegrarle la vida a varias generaciones de cubanos.

Jamás pedía limosnas, no molestaba a nadie, todo lo contrario.

En su permanente carga de revistas y periódicos viejos, que usaba para taparse del frío y la humedad de la noche, el vagabundo llevaba flores, golosinas y cuanta cosa le sirviera para regalarle a los niños.

"Ningún habanero habría ofendido de palabra o de obra al Caballero de París —asegura el doctor Eusebio Leal—, admirado calladamente, ni niño alguno lanzaría contra él una palabra altisonante; a nadie importunaba, no podíamos explicarnos dónde comía o bebía, y, en su aparente vagar por la capital, era probable hallarlo en algún sitio recóndito donde ocultaba su lecho ordenado con restos de papeles y cartones, inseparablemente unido a su insólita biblioteca".

El mote de Caballero de París tampoco se sabe con exactitud de donde proviene; algunos creen que el pueblo lo bautizó de esa manera por su extravagante manera de vestir —ropas negras, usaba una capa del mismo color y un bastón—; otros piensan que se debe a las historias de cortes reales, piratas, corsarios y caballeros andantes que siempre contaba a su paso; mientras algunos aseguran que un semanario humorístico lo nombró de esa manera.

Lo que sí es cierto es que pocos sabían su verdadero nombre y para todos era sencillamente El Caballero de París, inmortalizado por autores musicales, pintores y poetas que lo citan como referente indiscutible de La Habana.

En 1977, con 78 años de edad, su deplorable estado físico y el deterioro de su salud llevaron a que las autoridades decidieran internarlo en el Hospital Psiquiátrico de La Habana en Mazorra, a pesar de que durante muchos años López Lledín se negó a recibir atención ni de familiares ni amigos.

Según datos recogidos del libro "Yo soy el Caballero de París", escrito por el doctor Luis Calzadilla, psiquiatra que lo atendió en sus últimos años de vida, López Lledín padecía de una enfermedad llamada parafrenia, considerada por algunos especialistas como una forma de esquizofrenia.

En el libro, el doctor Calzadilla cuenta que en el hospital le suministraron ropa limpia, incluso un traje negro como él solía vestir, y fue sometido a exámenes físicos, de laboratorio y psicológicos, creándosele un ambiente donde pudiera vivir sus fantasías, pero bajo vigilancia médica, dado su avanzada edad.

A los 86 años, y fuera de las calles que le acompañaron casi toda su vida, José María López Lledín, El Caballero de París, cerró sus ojos para siempre el 11 de julio de 1985, para quedarse vivo en la memoria de todos los cubanos para las eternidades, y sus restos mortales reposan en el convento de San Francisco de Asís, a unos pasos del muelle donde atracó el barco que lo trajo de España buscando mejores derroteros en esta Habana que no lo olvida, a punto de cumplir 500 años de fundada.


José María López Lledín


El Caballero de París era una persona callejera bien conocida en La Habana por los años de 1950. Era de mediana estatura, menos de 6 pies. Tenía el pelo desaliñado, castaño oscuro, con algunas canas y lucía barba. Sus uñas eran largas y retorcidas por no haberse cortado en muchos años. Siempre se vestía de negro, con una capa tambien negra, incluso en el calor del verano. Siempre cargaba un cartapacio de papeles y una bolsa donde llevaba sus pertenencias.