Viredo
Espinosa

Viredo Espinosa
Viredo
Nacimiento:  
14
/
10
/
1928
Fallecimiento:  
26
/
8
/
2012

Viredo Espinosa, quien como artista usaría sólo su nombre de pila, nació el mayor de tres hermanos en 1928, en Regla, un pequeño pueblo al otro lado de la bahía de La Habana. Pasó su niñez nadando, observando los barcos entrar a la bahía y siguiendo el elegante vuelo de los aviones Clipper de Pan Am que amarizaban suavemente en el puerto de La Habana.

Regla era un puerto histórico que en el pasado había servido como astillero a la Armada Española. Ahora los barcos más grandes eran atendidos en partes más hondas del puerto y en Regla sólo atracaban los barcos pequeños y barcas de pesca. Era un barrio próspero integrado por gente de ascendencia española y africana.

Gran parte de la producción artística de Viredo de los últimos años surgió del contacto que tuvo en su niñez con esta mezcla de catolicismo, ritos de Santería y ceremonias ñáñigas. Viredo conoció la herencia africana directamente de estas personas, entre ellas un anciano de noventa años que había sido esclavo y le contó del terror del viaje desde África en un barco de esclavos.

La barberia de su padre fue para él otra fuente de sabiduría popular: la de marineros, pescadores y trabajadores de los muelles que eran los principales clientes.

De niño, Viredo sintió curiosidad por la diversidad de ceremonias religiosas con su variedad de música y coloridos. Con frecuencia asistió a ellas con sus amigos y ayudó copiando libretas con dibujos simbólicos. Viredo se interesó por el arte desde temprana edad, dibujando tarjetas de Navidad para la familia, pero fue el colorido de la mezcla de culturas lo que reflejó en sus primeras manifestaciones artísticas.

Cursaba séptimo grado en una escuela pública cuando su familia se mudó en 1940 a La Habana, pues su padre, cada vez más ligado a la política, había aceptado un cargo con el Ministerio de Obras Púbblicas.

En La Habana, Viredo asistió a la Escuela Superior donde recibió su formación inicial en el campo del arte. De vez en cuando visitaba a sus viejos amigos en Regla, pero su vida ahora transcurría en La Habana cosmopolita.

Con catorce años se inició como aprendiz realizando su primer trabajo artístico para un periódico de un amigo de su padre. Allí aprendió a rotular, un poco de diseño gráfico e ilustración comercial. También comenzó a estudiar la obra de los principales artistas cómicos de la época.

Un año más tarde comenzó a trabajar para el periódico ZigZag, donde amplió sus conocimientos de arte comercial trabajando junto a artistas más experimentados.

Su padre deseaba que se hiciese abogado y así asistió al Instituto de Segunda Enseñanza durante dos años. Pero su pasión primordial seguía siendo el arte y le confió al padre sus deseos de proseguir sus estudios en la escuela de arte. Aunque el padre le advirtió que “casi todos los artistas se mueren de hambre”, le brindó su apoyo. Como compensación, Viredo se comprometió a capacitarse en el campo del arte comercial para complementar sus estudios de Bellas Artes, y así estudió dibujo arquitectónico en la Escuela de Artes y Oficios.

Después de un año de estos estudios, ingresó en la Academia San Alejandro, establecida en 1818, cuyo currículum estaba basado en la tradición académica clásica del siglo XIX. A Viredo le desagradaba la rigidez y los temas románticos tratados en clase, pero pudo agregar refinamiento a su incipiente estilo.

Ese verano pasó tres meses en el campo, pintando la vida de los campesinos de una manera que distaba de ser académica y romántica, y que luego se convertiría en su sello característico. Dejó la Academia en 1948 para proseguir con su pintura, complementándola con trabajo comercial.

Su estilo de madurez comenzó a desarrollarse. Le agradaba el control de los primeros cubistas, pero rechazaba lo puramente abstracto porque sentía que hacía falta un tema definido. Mientras que su pintura era en parte expresionismo abstracto y tenía la geometría del cubismo, sus figuras eran estilizadas y reconocibles. No tenía preferencia por ninguna paleta en particular, pero casi siempre usaba una gran cantidad de blanco como punto de referencia para los otros colores. Y usaba cierta textura para suavizar los planos de color y agregar una sensación de movimiento.

En 1948, Viredo logró su primer éxito artístico en la Feria del Libro, un gran evento anual patrocinado por el Ministerio de Educación, en el Parque Central de La Habana. Viredo fue invitado a mostrar dos de sus obras. Ambas obras, retratos históricos de patriotas, se vendieron. Durante la exhibición, Viredo tuvo además la oportunidad de conocer a Wifredo Lam, uno de los mejores artistas de la primera generación de modernistas cubanos, cuyas generosas palabras inspiraron a Viredo a dedicarse más intensamente a su trabajo y al estudio del arte.

El éxito de 1948 vio su declinar con la realidad de 1949. Viredo fue rechazado de la primera exposición de importancia para la cual se había presentado, el Salón Nacional. Su familia lo empezó a presionar para que se dedicara a una profesión más segura. A pesar de las dificultades económicas, él siguió pintando y experimentando, y encontró un trabajo comercial a tiempo parcial.

En 1950, la obra de Viredo fue rechazada nuevamente por el Salón Nacional, pero él, junto con otros artistas que tampoco habían sido aceptados, organizaron el Salón Nacional de Rechazados que tuvo lugar en el Círculo de Bellas Artes. Esta sería su primera exposición de importancia. Mostró dos pinturas que no se vendieron, pero el hecho importante fue la aparición de su nombre en el catálogo que lo situó en compañía de los artistas jóvenes más importantes de Cuba.

Además de su éxito artístico, Viredo encontró una nuevo trabajo comercial que le proporcionaría un sustento económico estable durante los años siguientes: la pintura mural. Sus comisiones eventualmente habrían de incluir numerosos edificios públicos, restaurantes y residencias privadas.

Era una época emocionante para ser un artista joven en La Habana. Casi todas las noches, esta nueva generación de artistas que impactaría el arte cubano podía encontrarse en el Café las Antillas. Viredo escuchó aquí de los movimientos artísticos que existían fuera de Cuba por boca de artistas que habían viajado a los Estados Unidos y Europa. Entre los que frecuentaban el café estaban los escritores Cabrera Infante y Heberto Padilla, los pintores Carreño, Mijares, y un gran número de escultores y pintores que pronto serían conocidos como “Los Once”.

En 1952, Viredo fue invitado a exponer en la Sociedad Nuestro Tiempo en la muestra titulada “15 Pintores y Escultores Jóvenes”. En última instancia, solamente once artistas mostraron su trabajo y el crítico de arte Joaquín Texidor, en una reseña favorable en “Tiempo en Cuba”, se refirió a los expositores como “El Grupo de los Once”, un nombre que acompañaría a estos artistas por el resto de sus carreras. En esta ocasión, ambas de sus pinturas fueron vendidas.

Existe alguna confusión en cuanto a la historia del grupo debido a testimonios contradictorios. La mayoría de los historiadores coinciden en los nombres de los once La mayoría de historiadores coincide en los nombres de los pintores originales: René Ávila, José Bermúdez, Hugo Consuegra, Fayad Jamís, Guido Llinás, Antonio Vidal y Viredo Espinosa, así como de los escultores: Francisco Antigua, Agustín Cárdenas, Antonio Peláez y Tomás Oliva. Su influencia por lo general es considerada como significativa, ya que introdujeron un nuevo estilo internacional dentro del arte cubano de mediados de siglo, particularmente en el arte abstracto y no figurativo.

Debido a que el grupo no tenía un manifiesto oficial, con frecuencia exponían con otros artistas y representaban una amplia gama de estilos artísticos, a menudo resulta difícil trazar su historia. Fue un grupo iconoclasta en el que algunos miembros adoptaban estilos que otros miembros rechazaban rotundamente.

Dos exposiciones adicionales se atribuyen por lo general al grupo, una en el Lyceum Lawn Tennis y la otra en La Rampa, ambas en 1954. Muchos de los críticos de arte más importantes empezaron entonces a escribir favorablemente sobre el grupo y su creciente influencia.

Además de las exposiciones con “Los Once”, Viredo finalmente ganó la aceptación de dos de sus pinturas en el Salón Nacional. Gladys Lauderman, que escribía para la revista “Gente,” elogió particularmente la obra de Viredo. “…Los óleos de [Viredo] son los que poseen la forma y los colores para convertirse en un mensaje del arte cubano...’” Ambas pinturas fueron vendidas.

Viredo continuó exhibiendo junto con varios artistas de “Los Once” y pintando murales por encargo. En 1955, recibió su mayor comisión: los murales y el diseño de la cerámica y de los vitrales del Embassy Club. El dinero que ganó con esta comisión le permitió casarse con Alicia Sánchez, en febrero de ese año.

Hacia 1956, la situación política de Cuba cada vez se tornaba más tensa. Algunas de las obras expuestas por miembros de “Los Once” recibieron la mirada escrutadora del régimen de Batista, dada la percepción de supuestos sentimientos en contra del gobierno. Además, algunos miembros del grupo rehusaron exponer sus obras en exposiciones auspiciadas por el gobierno. La policía incluso llegó a interrogar al padre de Viredo. En La Habana fue una época de atentados terroristas, rumores de vigilancia policíaca y de desaparición de artistas. Algunos, como el poeta Rolando Escardo, estuvieron encarcelados brevemente. Otros huyeron hacia Europa. Y otros, como Viredo, sencillamente dejaron de exponer sus pinturas y trataron de pasar desapercibidos. Viredo trabajó discretamente en ilustración y diseño comerciales durante los tres años siguientes.

En 1959, Fidel Castro asumió el poder y la atmósfera sombría pareció disiparse. Muchos de los artistas autoexiliados regresaron y elogiaron al nuevo régimen. Viredo, que era esencialmente apolítico, se sintió feliz ante el nuevo clima de paz y ante las posibilidades de mostrar su obra de nuevo en La Habana. Aunque en ese momento lo ignoraba, su exposición en la Escuela de Arte Cubanacán en el otoño de ese año sería la última vez que mostraba sus pinturas en Cuba.

El nuevo gobierno comenzó a reorganizar muchos aspectos de la vida cubana, entre ellos el de las artes, alrededor de las metas de la revolución. El Ministerio de Cultura estableció la Asociación Nacional de Pintores, Escultores y Grabadores. Y se presionó a todos los artistas para que se incorporaran.

En 1960, Viredo y su amigo artista de “Los Once”, Francisco Antigua, fueron hasta las oficinas centrales de la Asociación Nacional para averiguar cómo hacerse miembros. Viredo tuvo reservas ante firmar el formulario político adherido a la solicitud y decidió no ingresar. Este acto resultó decisivo y terminó prácticamente con su vida artística en Cuba. Al no ser miembro de la Asociación, no tuvo acceso a materiales artísticos ni tuvo posibilidades de exponer sus obras.

Los artistas que se asociaron continuaron trabajando con la aprobación del gobierno. A algunos se les ofrecieron puestos gubernamentales, como fue el caso del compañero de “Los Once”, Fayad Jamis, quien se convirtió en agregado cultural de la Ciudad de México. Los amigos de Viredo lo animaron a que reconsiderara y hasta le llegaron a insinuar que podría conseguir un puesto de agregado en Checoslovaquia.

Viredo apenas si logró subsistir realizando pequeños trabajos, tales como dibujos arquitectónicos para empresas que no conocían su pasado artístico, pero incluso estos pequeños trabajos se hacían cada vez más difíciles de conseguir. Así es que, en 1965, Viredo decidió que él y su esposa tendrían que salir de Cuba.

El proceso de salida no fue nada fácil. Al principio, Viredo trabajó en unas granjas cerca de La Habana. Salía de su casa a las 4:00 de la mañana y no regresaba hasta la noche. Muy pronto el trabajo lo llevó a la región más oriental de la isla en donde trabajó en los campos de caña de azúcar.

Después de tres años y medio de labor, su número, que se hallaba en la lista de espera para el viaje diario del llamado Vuelo de la Libertad, finalmente fue llamado. En febrero de 1969, cuando su avión despegó hacia Miami, vio a Cuba por última vez.

Gracias a la ayuda de amigos, pudo conseguir trabajo en Los Ángeles, ciudad donde la pareja viviría con un amigo. Allí realizó trabajos de ilustración para las principales tiendas de departamentos y lentamente comenzó a adaptarse a su nuevo país y su nuevo idioma. Empezó también a pintar de nuevo en las noches y durante los fines de semana.

Galerías de arte locales en Los Ángeles y en el cercano Condado de Orange comenzaron a mostrar sus obras. Sus ventas aumentaron y logró conseguir comisiones para pintar murales. Hacia 1977, su situación económica le permitió dedicarse nuevamente de lleno a la pintura. Habían pasado diecisiete años desde que había podido dedicar sus energías al arte que amaba. Su tema artístico seguía siendo la rica cultura de Cuba.

Continuó ofreciendo su trabajo para ayudar a la comunidad cubana. Diseñó carteles para el Fondo de Becas Cubano Americano, y donó obras de arte para recaudar fondos para varias causas de beneficencia.

Finalmente, Viredo comenzó a recibir el merecido reconocimiento que se le debía desde hacía mucho tiempo. Y a partir de 1998, recibió distinciones de la Cámara de Representantes de los Estados Unidos y de la Asamblea Estatal de California en reconocimiento a sus servicios a la comunidad. Recibió además el “Galardón a un Héroe Local” conferido por la estación KCET de la televisión pública PBS y por el banco Union Bank of California. En el año 2000, recibió del Instituto Cultural Cubano Americano “La Palma Espinada”.

Pero aún de mayor importancia es que Viredo continuó produciendo arte. Y como la Cuba de sus orígenes, ha pasado por toda clase de alegrías y penas en sus años de vida. Y a pesar de todo aquello que ha visto y vivido, su obra irradió siempre esa misteriosa mezcla de culturas que él experimentó de joven en Regla, y que sigue obrando su magia en él y en cuantos admiran su arte. Su pintura se enmarca en la corriente del expresionismo abstracto.