Juan Carlos
Finlay
Barré

Juan Carlos Finlay Barré
Nacimiento:  
3
/
12
/
1833
Fallecimiento:  
19
/
8
/
1915

Médico cubano, investigador de enfermedades como el cólera y la fiebre amarilla. Descubridor del mosquito Aedes aegypti como agente trasmisor de la fiebre amarilla, lo que le valió reconocimiento internacional.

Hijo de escocés y madre francesa, nació en Santa María del Puerto Príncipe, actual ciudad de Camagüey y es considerado el más universal de los científicos cubanos.

Su nombre de pila era Juan Carlos, pero firmaba "Carlos J.". Su padre fue el doctor Edward Finlay y Wilson, médico inglés, natural de la Ciudad de Hull, condado de Yorkshire y su madre, Marie de Barrés de Molard Tardy de Montravel, de origen francés, natural de la isla de Trinidad.

Cursó estudios primarios y secundarios en Francia y Alemania, y comenzó estudios de medicina en el Liceo de Rouen, en Francia, donde antes había estudiado su padre. Un ataque muy grave de fiebre tifoidea lo hizo regresar a La Habana, donde, tras recuperarse, las autoridades académicas le negaron continuar sus estudios. Ello determinó que se trasladara al Jefferson Medical College, de Filadelfia, donde se graduó en 1855 con brillante expediente.

En diciembre de ese año solicitó someterse a examen de reválida en la Real y Literaria Universidad de San Gerónimo de La Habana (Universidad de La Habana) para poder ejercer en Cuba, pero los prejuicios de las autoridades coloniales y la tartamudez que le quedó como secuela de su enfermedad dieron al traste con esa aspiración.

Encontró grandes obstáculos para ejercer en su país natal, y su padre logró persuadirlo de que viajara con él a Lima, Perú, con el fin de recuperarse del fracaso y perfeccionar su expresión en lengua española, para que, al cabo de un año, pudiera solicitar un nuevo examen de reválida. En la segunda ocasión obtuvo brillantes resultados, y con ellos consiguió que el 15 de marzo de 1857 se le autorizara el ejercicio de su profesión en Cuba.

Una vez graduado en su país, se dedicó a prestar asistencia fundamentalmente a pacientes con enfermedades oculares, aunque centró su mayor interés en la investigación de determinadas afecciones; sobre todo, del cólera y la fiebre amarilla. Después de muchos tropiezos en la búsqueda, la experimentación y el razonamiento, llegó a considerar al mosquito Aedes aegypti como el agente trasmisor de la fiebre amarilla, y expuso por primera vez en público los resultados de sus estudios en la Conferencia Sanitaria Internacional celebrada en Washington en febrero de 1881.

Sin mencionar el insecto, declaró allí tres condiciones para la propagación del mal: la existencia previa de un caso en cierto período de evolución, la presencia de alguien apto para contagiarse y la presencia de un agente independiente de la enfermedad y del enfermo, pero indispensable para trasmitirla del sujeto enfermo a otro sano.

Meses después se había pertrechado con datos experimentales que le permitieron redactar su trabajo El mosquito hipotéticamente considerado como agente de transmisión de la fiebre amarilla, el cual presentó el 14 de agosto de 1881 ante la Real Academia de Ciencias Médicas, Físicas y Naturales de La Habana. Esta vez, la argumentación y las conclusiones fueron definitivas, pues Finlay no se refirió a la mera presencia de un agente, sino que afirmó que las condiciones para la propagación del mal eran la existencia de un amarílico —enfermo de fiebre amarilla— en cuyos capilares el mosquito clavara sus lancetas y las impregnara de partículas virulentas, y la prolongación de la vida del insecto desde el momento de la picadura hecha al enfermo hasta el momento en que hiciera otra picadura a un sujeto que debiera reproducir la enfermedad - un sujeto apto para contraerla.

Esa contribución, basada en pruebas experimentales, sirvió, más que para la demostración de una teoría, para convertirse en piedra angular de una doctrina: la doctrina finlaísta de la trasmisión de enfermedades de hombre a hombre por intermedio de agentes chupadores de sangre. Con esto quedó bien demostrado que el descubrimiento de la teoría científica de la propagación de las enfermedades infecto-contagiosas y su modo de trasmisión fue original y exclusivo de Finlay.

Fue él quien primero acometió la investigación en los seres humanos y reprodujo casos benignos de la enfermedad sin riesgo para la vida. El hecho de poder establecer de modo riguroso una comprobación experimental de la reproducción de la enfermedad dio carácter científico a la teoría del contagio de Finlay, cuyas observaciones y trabajos experimentales de inoculación de la fiebre amarilla posibilitaron su reconocimiento como entidad nosológica.

El hecho de que esa doctrina pueda aplicarse por extensión a todos los seres orgánicos, le confirió el carácter de descubrimiento biológico. Aquel importante anuncio se acogió de inicio con reserva e incomprensión, por constituir una discontinuidad en el pensamiento científico de entonces; un salto brusco y cualitativamente diferente al nivel de conocimientos de la época. Sin embargo, más tarde sirvió de estímulo a la investigación de los modos de trasmisión de otras enfermedades; fomentó los estudios interdisciplinarios entre médicos y biólogos; modificó sustancialmente los postulados de la medicina preventiva y de la higiene pública, y contribuyó, junto con los descubrimientos de Pasteur y de Koch, a sentar las bases para la erradicación de las enfermedades contagiosas por medio de la inmunología provocada, la vacunación y la lucha antivectorial; además de conllevar la creación de una nueva ciencia: la entomología médica.

Por otra parte, con campañas contra la fiebre amarilla basadas en los postulados finlaístas se logró el saneamiento de países con focos endémicos o que sufrían epidemias frecuentes. Aún en la época actual, su aplicación representa el mejor medio para erradicar y controlar las enfermedades contagiosas, salvar millones de vidas humanas y favorecer el desarrollo económico y social.

Finlay también hizo grandes aportes a disciplinas como la entomología, la virología y la oftalmología, así como acciones en el tratamiento de dolencias como la lepra, la filariasis, el cáncer, el tétano, la malaria y la tuberculosis, incluidas todas en su amplia producción como articulista.

En tal sentido, entre 1864 y 1912 publicó un total de 264 trabajos en distintos tipos de documentos; de ellos, 187 artículos sobre 32 temas en revistas cubanas y extranjeras, lo que evidencia, además de su espíritu de entrega a la investigación, la vasta cultura que poseía.

En cuanto a los asuntos tratados en sus trabajos, el predominio numérico fue para los referentes a la historia, la etiología, la profilaxis y el tratamiento de la fiebre amarilla y a otros aspectos relacionados con ella (127). A esos trabajos agregó otros nueve, que dedicó respectivamente a las oftalmopatías y al cólera. A la teoría metaxénica de la trasmisión de enfermedades por vectores biológicos, surgida con varias décadas de adelanto al ritmo del desarrollo científico de su tiempo, se debe el que más del 50 % de la literatura generada por Finlay se refiriera, precisamente, al tema de la fiebre amarilla.

Entre las once revistas cubanas en que aparecieron artículos con su firma, descuella Anales de la Academia de Ciencias, en cuyas páginas se atesoran, entre otros, su primer artículo, publicado en 1864, en el cual estudió el primer caso de bocio exoftálmico detectado en Cuba; su demostración del origen hídrico del cólera, que lo situó como uno de los primeros en llegar a esa conclusión en todo el mundo; la contribución donde abordó, por primera vez en Cuba, los problemas teóricos concernientes a la metodología de la investigación; los primeros informes en América sobre la filariasis en los animales y en los seres humanos, y el trabajo resultante de sus estudios sobre la fiebre amarilla.

Por su gran contribución para librar al hombre de los terribles estragos de la fiebre amarilla y por la posibilidad que brindó para erradicar otras enfermedades, al doctor Carlos J. Finlay se le ha considerado un benefactor de la humanidad.

Cuando el 20 de mayo de 1902 se constituyó la República de Cuba, se creó el Departamento de Sanidad, al cual fue designado como primer director, y desde donde desempeñó una encomiable labor en la máxima dirección sanitaria de la Isla, hasta su retiro a la vida privada en 1909.

Seis años después, el 19 de agosto de 1915, falleció a la edad de 82 años. Sus restos reposan desde aquella fecha en la Necrópolis Cristóbal Colón de la capital cubana.

En varias ocasiones entre 1905 y 1915, año de su muerte acaecida el 19 de agosto, fue propuesto para el Premio Nobel de Medicina, único cubano que hasta el momento ha sido postulado a tan preciado galardón a título individual. También recibió importantes condecoraciones, entre ellas la medalla Mery Kingsley, máxima distinción conferida por la Escuela de Medicina Tropical de Liverpool, Gran Bretaña, y la insignia de la Legión de Honor, otorgada por el Gobierno de Francia.

Fuente: EnCaribe.org