Arturo R.
de Carricarte
Armas

Arturo R. de Carricarte Armas
Blas Gil, Segundo Valbuena, A. R. de Castro, Arracerit
Nacimiento:  
6
/
11
/
1880
Fallecimiento:  
8
/
11
/
1948

Periodista, escritor y diplomático cubano. Estudioso de la vida y obra del Héroe Nacional cubano José Martí Pérez. A lo largo de su vida utilizó los seudónimos de "Blas Gil", "Segundo Valbuena", "A. R. de Castro" y "Arracerit".

Su recuerdo queda en la institución que fundó en 1925, la Casa Natal de José Martí a la cual se consagró, como homenaje sincero y desinteresado al Apóstol Cubano.

Su múltiple acción literaria la desplegó en La Habana y Marianao sin desvincularse de instituciones, periódicos y amistades de ambas densidades culturales y de los países que visitó.

Se distinguió como periodista dentro y fuera de Cuba. En Veracruz, México trabajó en la Revista Martiniana y en El Mundo Artístico. Fue editor en idioma español de The Havana Post y escribió y colaboró en El Fígaro, Bohemia y el periódico El Mundo.

Al morir a los 68 años de edad, en plena actividad, pues ocupaba en Marianao, los cargos de Presidente de la Asociación de Periodistas y Escritores, Historiador Oficial de la Ciudad y Presidente de la Sección de Cultura de la Logia Estrada Palma.

Tanto en la capital de la República como en Marianao, Carricarte fue un intelectual altamente respetado por su creatividad y por sus relaciones humanas y sociales.

Sus primeros estudios los realizó en La Habana, donde se graduó en 1894 de bachiller. No son muchos los que recuerdan que fue él quien defendió a Leonor Pérez Cabrera, la madre de José Martí, para que no fuera despojada de sus derechos de ocupar –al surgir la semicolonia– la casa de Paula No.41 (posteriormente 102 y en la actualidad calle Leonor Pérez 314).

Cuando Jorge Mañach publicó en 1932 su biografía "Martí el Apóstol", al agradecer a las personas que en alguna forma le aportaron valiosos datos, nombró entre los primeros a Arturo R. de Carricarte.

A lo largo de su vida, Carricarte utilizó los seudónimos de Blas Gil, Segundo Valbuena, A .R. de Castro, y Arracerit. Estuvo en México en 1902.

En 1908 mereció el Premio de la Crítica. Se distinguió como periodista dentro y fuera de Cuba. En Veracruz, México, la Revista Martiniana y El Mundo Artístico. Fue editor en idioma español de The Havana Post. Escribió y colaboró en El Fígaro, Bohemia, El Mundo. Durante años escribió los editoriales de El Triunfo.

En 1909 ingresó en el servicio diplomático y ocupó el cargo de cónsul de Cuba en Montevideo (Uruguay). En 1913 escribió la novela Historia de un vencido y La Academia Nacional de Artes y Letras lo galardonó con el Gran Premio de Literatura. En 1920 fundó la Biblioteca Municipal de La Habana y la dirigió hasta 1931. En la Facultad de Derecho de la Universidad de La Habana fue profesor del Seminario Diplomático y Consular.

Escribió otros textos narrativos: Noche trágica, Azul. Y numerosos ensayos de indudable interés: “Por qué es del pueblo cubano la casa en que nació Martí”, “El Dictador”, sobre el desarrollo de la enseñanza en este Continente, “Lo que dice y lo que no dice el Manifiesto de Montecristi”,”Cubanas inmortales, Bernarda Toro de Gómez”, etc.

Al relacionarme con la vida cultural de Marianao, lo conocí poco antes de que falleciera.

A una cuadra del antiguo Ayuntamiento, hizo levantar un bungalow de madera de dos plantas, justamente en la misma esquina, adonde iban los jóvenes intelectuales de la ciudad, no sólo a compartir su conversación, sino también su biblioteca, y disfrutar del encanto de sus hijas, unas mestizas cultas, de preciosos ojos, vivos retratos de su bella esposa.

Su múltiple acción literaria la desplegaba en La Habana y Marianao sin desvincularse de instituciones, periódicos y amistades de ambas densidades culturales y de los países que visitara.

En La Habana, antes de instalarse en Marianao, constituyó una familia de la cual nunca se separó tampoco.

Sin duda fue una personalidad que contribuyó al desarrollo nacional desde su visión de contradictorias confluencias. En La Habana formaba parte de aquel notable grupo de literatos y académicos en el que sobresalían, entre otras, figuras como José María Chacón y Calvo, Antonio Sánchez de Bustamante, Rafael Montoso, Mario Guiral Moreno, Raimundo Lazo, José Manuel Carbonell, Miguel Ángel Carbonell, José Silverio Jarrín, etc.

En Marianao, fue factor descollante en un destacado grupo que rechazaba la “república de Baldomero”, como el periodista Rafael Conte Mayolino, Evaristo Martínez Alonso, José Sixto de Sola –considerado por José Ingenieros “uno de los más eximios escritores de la nueva generación cubana–, José María Suárez Solís, etc., y al mismo tiempo recibía y mantenía estrechas relaciones con César San Pedro y Romero, director del periódico El sol; Rubén Alfonso Quintero, fundador de la Biblioteca Municipal “Enrique José Varona” y con el historiador Fernando Inclán Lavastida y los jóvenes miembros del “Grupo Ariel”.

Sus textos sobre José Martí son numerosos. Además del antes citado, publicó trabajos que permiten ahondar en los complejos matices de sus valoraciones. Me refiero a: Honremos a Martí (1922), Martí en Isla de Pinos, octubre a diciembre de 1870 (1923), Iconografía del Apóstol José Martí (1925), La cubanidad negativa apóstol Martï (1934), Martí y el leonismo (1939), Lo que dice y no dice el manifiesto de Montecristi (1940).

Acerca de todo lo anterior, en relación con Carricarte, hablé una vez en el Ateneo de Marianao con el doctor Elías Entralgo.

No olvido sus palabras sobre el proceso político y social de la República durante los seis lustros comprendidos entre el 20 de mayo de 1902 y el l2 de agosto de 1933, y sobre lo que vino después con el sargento del 4 de septiembre convertido en factor dominante en Cuba, la Fortaleza de La Cabaña y el Campamento de Columbia.

Tampoco olvido cómo habló de las simpatías de Carricarte por los planteles de Enseñanza que frecuentaba: Belén, Candler College, La Salle, Phillps School, Buenavista, San Francisco de Sales y el Colegio Público “Esteban Borrero Echeverría”, de calle Real No.130.

Carricarte admiraba a los Borrero. Los visitaba y hablaba de ellos a quienes iban a verlo. A veces iba hasta el Central Toledo, a conversar con los desciendes de los esclavos del lugar y con el rico propietario.

Nadie, ni en La Habana ni en Marianao –que yo sepa– recuerda ahora a Arturo R. de Carricarte. Ni tiene en sus planes profundizar en sus ideas y en su vida. Acercarlo a los cambios contemporáneos.


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