Antonio
Medina
Céspedes

Antonio Medina Céspedes
Nacimiento:  
13
/
6
/
1824
Fallecimiento:  
17
/
4
/
1865

El primer maestro negro en Cuba. Precursor de la pedagogía cubana, fundó el Colegio de Nuestra Señora de los Desamparados. Colaboró en varias prestigiosas publicaciones, como autor y como traductor de obras del francés.

Durante el primer cuarto del siglo XIX, aún la colonia, cargada de prejuicios y tabúes impuestos, dividía la sociedad criolla en razón del color de la piel de sus integrantes. En el caso de las personas de origen africano estaban marcadas por los términos de “ingenuos” o libres, nacidos sin el estigma de la esclavitud, y los “libertos” para quienes en algún momento lograron alcanzar la emancipación del régimen esclavista.

En el seno de una humilde familia de “ingenuos” llegó al mundo, el niño Antonio Medina y Céspedes, en la vivienda marcada con el número 34 de la calle de Jesús María, en pleno corazón de La Habana.

Tras una infancia llena de limitaciones sociales y económicas dada su condición, en sus primeros años el futuro “Don Pepe de la raza negra”, como fuera llamado años después por una conocida escritora cubana, fue, hasta los cinco años, educado y protegido por su padre, quedando a esa temprana edad huérfano al morir su progenitor.

Entonces su madre, María del Rosario Céspedes, comenzó a coser para la calle, con el fin de mantener al pobre hogar, ahora sin la figura paterna, cayendo sobre ella todo el peso de la formación del niño.

Dos años después de este suceso familiar, con siete años de edad, Antonio comenzó a dar sus primeros pasos en la educación en una escuelita de primeras letras donde por “gracia especial” del régimen colonial español, podían asistir los niños negros de la barriada, y en la que permaneció por dos cursos.

Con nueve años ingresó en el Colegio de primera enseñanza que poseía la Orden de los Padres Belemitas en el Convento de Belén, permaneciendo en aquel recinto durante tres años. Al cumplir los doce años, en vista de sus carencias económicas, el niño Antonio Medina y Céspedes se vio obligado a dejar el centro de educación regido por los religiosos y comenzar a aprender el oficio de sastre.

Como parte de la rutina diaria de trabajo; primero como mensajero y después como aprendiz, el ya adolescente conoció e hizo amistad con figuras de la talla de los poetas Juan Francisco Manzano y Gabriel de la Concepción Valdés, Plácido, negros como él, y que supieron despertar en su espíritu el amor por las letras.

Dos años más tarde, cumplidos los 14, con dominio del oficio de sastre, comenzó a trabajar como operario en el entonces fastuoso y novedoso teatro Tacón, hoy sede del Gran Teatro de La Habana , en la cosmopolita esquina de las calles del Paseo de Extramuros o del Prado y la de San Rafael, realizando sus labores de tramoyista que alternaba, a fuerza de voluntad y tesón, con estudios en una academia nocturna en la que enseñabangramática, aritmética, retórica, latín y francés.

A los dieciséis años quedó huérfano de madre. Solo, transido de dolor, con lo que había aprendido junto a sus amigos poetas y en la academia, escribió su primer poema, dedicado a la madre muerta, cuyos versos finales cantaban… Mujeres ¡ay! Encontraré sin cuento Que me brinden su amor y su ternura; Pero otra Madre cariñosa y pura Crearla sólo puede el pensamiento.

A los dieciocho, ya era Antonio Medina y Céspedes editor y redactor del primer periódico dirigido por un negro en Cuba. La aparición de El Faro en 1842 abrió las puertas a un periodismo que en medio de la colonia, se alzaba con voz propia y daba cabida en sus páginas a intelectuales sin distinción de raza o poder económico, bastando para ello el talento y la vergüenza.

Antonio Medina y Céspedes cerró sus ojos definitivamente el 17 de abril de 1885 dejando inconcluso el drama La hija del pueblo y una fructífera vida de abnegada entrega a la literatura y la enseñanza.

En el año de 1850 Antonio Medina y Céspedes realizó exitosamente el examen que lo hacía oficialmente Maestro de instrucción Elemental. A partir de entonces prepara las condiciones para fundar su propia institución educacional.

Poco tiempo después abre sus puertas el colegio de Nuestra Señora de los Desamparados, nombre con el que lo bautizó su inspirador, con sede en el local marcado con el número 35 de la calle de Empedrado, lugar en el que permaneció hasta el año 1878.

Durante los años en que se mantuvo en activo, el colegio cambió de sede en otras dos ocasiones. Primero hacia el número 28 de la calle de Compostela y después a la calle Chacón 16.

Desde su apertura el recinto docente fundado por Antonio Medina y Céspedes contó con una matrícula mayoritariamente negra, aunque acogía con igual amor a estudiantes criollos y de origen español de bajos ingresos, que recibían por igual los beneficios del programa de estudios allí existente, consciente de su deber y de la importancia de la labor que desempeñaba en ayuda a los más pobres de la sociedad cubana de entonces…

"…en el empleo más venerable y grato, en aquel dulce empleo de maestro en que se sirve mejor a los hombres y se padece menos de ellos"
Educado él mismo en colegios belemitas, Antonio Medina y Céspedes fue fruto, primero como alumno, y después como pedagogo, de las mejores tradiciones de enseñanza e instrucción impartidas en los mismos al tiempo que con su obra educativa, ahora podía servir a la educación de sus coterráneos, a la sombra de los mejores principios y tradiciones educativas desplegadas por quienes le precedieron en esa noble tarea, iniciadores de la Pedagogía cubana, y patriotas pues contribuyeron en gran medida a hacer brotar y crecer fuerte y sólido el amor por la tierra donde nacieron y vivieron…

"Estos iniciadores contribuyeron en diverso grado a preparar las conciencias para los cambios y se sirvieron de la educación como el vehículo más idóneo para ello."
[1]
En el caso de Antonio Medina y Céspedes, egresado de la Escuela Normal Elemental para la formación de maestros, auspiciada por el colegio de los Escolapios de Guanabacoa, que incluía en sus estudios una etapa de práctica en escuelas anexas durante la preparación, que duraba tres años y que había sido creada en noviembre de 1857.

Fue la estudiosa, escritora y poetisa cubana Angelina Edreiro de Caballero, la única en escribir una obra referida a la vida y obra del maestro Medina y Céspedes, en la que afirmó que
"…la naturaleza dotó a Medina de dones extraordinarios: inteligencia, bondad, acrisolada virtud, amor al estudio, y sobre todo, de un gran amor a la humanidad."
[2]
En su colegio de Nuestra Señora de los Desamparados, Antonio Medina y Céspedes diseñó un programa de estudios que contemplaba además de las materias de enseñanza general como aritmética, latín y otras como física, asignaturas que posibilitaban una formación más amplia y completa de sus educandos.

Música, dibujo, pintura y declamación pueden considerarse, tal vez, precursoras de la actual Educación Artística cubana, mientras los ejercicios de calistenia sin dudas, fueron lo que hoy las clases de Educación Física.

Este universo de enseñanza se completaba con ideas bien determinadas acerca de la necesidad de que quienes enseñaban, debían estar preparados para aprender pues la vida siempre tenía cosas interesantes que mostrar, en una actitud temprana claramente abierta y dialéctica como demostración de que;

"La Ilustración cubana no fue el simple reflejo espiritual de las nuevas condiciones socioeconómicas que se presentaron en el período de apogeo y crisis de la esclavitud en el país, sino el elemento catalizador de nuevas inquietudes políticas, para transformar aquellas condiciones y crear y consolidar la conciencia social de la cubanía."
[3]

Del fruto educativo de Antonio Medina y Céspedes se nutrió durante la segunda mitad del siglo XIX una serie de cubanos patriotas y hombres de bien, educados en los principios del amor a la libertad y a la independencia de la patria así como artistas de renombre mundial que pusieron en alto la cultura cubana de la época.

Maestro tenaz, exigente y extraordinariamente sensible fue este hombre que supo trasmitir sus convicciones y conocimientos a cubanos de eterno recuerdo como los violinistas negros José White y Brindis de Salas, que con su arte deslumbraron los más lujosos salones de Europa, y el patriota entero que fuera Juan Gualberto Gómez, y que estuviera presente en sepelio de su maestro como muestra de respeto y de agradecimiento por las enseñanzas recibidas de aquel que se conoce en la historia de la educación y de Cuba en general como el
" Don Pepe de la Luz de la raza negra."
[4]
en analogía con la obra de ese otro gran educador cubano de siempre.
Obra

En 1843 el ya joven intelectual, de 19 años publica su primera obra poética, un libro en el que rimaba a la vida, a la muerte y a la esperanza, que llegó a gozar de una gran popularidad en la sociedad habanera de la época. Pero un año después se abatió sobre la triste isla encadenada, la furia del poder colonial, intolerante ante cualquier manifestación, por mínima que fuera, contra el despotismo y la opresión.

Como ensayista y dramaturgo, Antonio Medina y Céspedes colaboró en varias prestigiosas publicaciones, como autor y como traductor de obras del francés, mientras crecía su obra dramática, escrita básicamente en versos, que fueran estrenadas con éxito en importantes teatro como Albisu, Torrecillas y Payret. Una de sus piezas, titulada Jacobo Girondi le hizo merecer la Corona de Laurel por el éxito de público que alcanzó, galardón que guardó con orgullo hasta su muerte.

A una invitación de la reconocida Sociedad La caridad, de la ciudad de Matanzas, Antonio Medina y Céspedes respondió, en su aparición, con el poema suyo El Trabajo, en el que reclamaba;

Fundad con decisión y sin que os duela En cada ochenta metros una escuela…

El resto de su vida, junto a las labores pedagógicas, Antonio Medina y Céspedes desempeñó varias funciones y ocupó distintos cargos dentro del sistema de administración colonial gracias a su talento, responsabilidad y seriedad en el trabajo.

Fue Perito calígrafo para las causas criminales de la Audiencia de La Habana y miembro de la Sociedad Abolicionista de Madrid, de la que era vocal y representante en la capital cubana al tiempo que fue nombrado socio de número y vocal del Ateneo de La propia ciudad de La habana.


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