Ana
Aguado
García

Ana Aguado  García
La Calandria Cienfueguera
Nacimiento:  
1866
Fallecimiento:  
1921

Desde su infancia mostró los signos de una desmedida vocación hacia la música, la cual estaría inicialmente bajo el cuidado de su madre.

A los ocho años, bajo la dirección de su progenitora, leía y solfeaba correctamente y, poco después, se trasladó con su familia a España, donde, tras radicarse en La Coruña, recibiría clases de piano del maestro Pillado y de canto del presbítero Antonio Díaz, cantante y notable profesor . Una vez que ella y los suyos regresaron a Cienfuegos, en 1883, Ana, con diecisiete años de edad, puso su voz al servicio de tertulias y actos artísticos, principalmente en el Centro de Artesanos, en el cual se congregaba la mejor sociedad local.

Con piezas de zarzuelas españolas y arias del género operístico, la Aguado triunfó desde aquel escenario con su voz de soprano dramática, caracterizada por una gran extensión y la belleza de su timbre.

Por supuesto, que no faltaban en su repertorio prestigiosos autores cubanos, como Laureano Fuentes, a quien en 1899 estrenaría la ópera Seida. Durante el último año citado la ya llamada “calandria cienfueguera” marchó a Nueva York.

Desde 1897 había iniciado relaciones sentimentales con su paisano Guillermo Tomás, director de orquesta y banda, musicólogo, profesor y compositor.

Unidos asimismo por la vocación artística, el 19 de mayo de 1890 se celebró la boda en la barriada de Brooklyn, donde fijaron su residencia. Semanas después Ana se presentaba en el escenario del Hardman Hall por invitación de José Martí, nuestro Héroe Nacional, que solicitaba la ayuda de la cantante para recaudar fondos a favor de la independencia de Cuba.

Desde aquel día la Aguado resultó familiar a los emigrados cubanos que ovacionaban su arte, a la par que ella multiplicaba sus tareas patrióticas. Por aquel entonces estaba en el apogeo de su talento y de sus energías.
El propio Guillermo Tomás narraría una de las más emotivas páginas escritas por su esposa en aquellos días: «Acababa de vacar la plaza de soprano solista de la famosa iglesia San Francisco Javier.

La capilla de ese templo tenía mucha fama y el mérito alto de sus interpretaciones de los grandes maestros como Bach, Haydn, Mozart, Beethoven, Weber y Schubert, convertía el santo lugar en el punto de cita de artistas y aficionados no sólo de la localidad sino también en los barrios extremos.

La capilla se componía del cuarteto usual, formado por soprano, contralto, tenor y barítono, coro mixto de treinta voces y organista.

Las plazas del cuarteto se cubrían por rigurosa oposición, lo cual, unido a su excelente retribución, acrecentaba su importancia artística.
El artista cubano Rafael Navarro, el cual, desconocido para la generalidad de sus paisanos, llegó a alcanzar la más alta reputación como organista en los Estados Unidos, nos trajo la información de la vacante ocurrida y de los trámites indicados para optar a dicha plaza.

Ana Aguado, aun no poseyendo entonces suficientemente el inglés para hacerse entender, no titubeó en acudir a la inscripción de aspirante, cabiéndome el placer de acompañarla y de servirle de intérprete.
Veintidós era el número de concursantes, todas profesionales experimentadas y dos de ellas artistas contraídas en el Metropolitan Opera House.

Los ejercicios consistían en lectura a primera vista de una misa señalada por el tribunal y una pieza a libre elección de la aspirante.

Tocóle en suerte ala aspirante el número veintiuno. Saludó a los cantantes y al organista de la capilla con aquella gracia y aquel donaire suyos, sometiéndose acto seguido risueña y solícita a la tremenda prueba. La obra elegida por el tribunal era la “misa en fa”, de Schubert, peligrosa y dura de leer y la cual positivamente ella no había visto jamás. Allá va el “kirie” sin un tropiezo, luego sigue el “gloria”, a cuya conclusión los demás cantantes la felicitan y cuando el organista está a mitad del “credo” una voz del tribunal dice: --Basta. Sigue la pieza de libre elección.

¿Cuál es? El “Ave María” de Bach y Gounod ¡Cómo la cantó! Las mujeres de la capilla la abrazaron, el organista le vaticinó su triunfo, mientras yo, en un rincón del coro y bañado en lágrimas, me sentía desfallecer. Así la modesta calandria cienfueguera triunfó gloriosamente de sus veintidós aguerridas contrincantes.” Tras aquel triunfo en la iglesia San Francisco Javier, de Nueva York, así como en otros escenarios y fiestas organizadas en esa urbe, Ana Aguado prosigue en sus labores patrióticas.

Atraía y conciliaba a indiferentes a la lucha por la independencia de Cuba, alentaba a los indecisos y añadía fuego al fervor de los más devotos.

Su encanto personal y su diligencia intervenían en la en la organización de festejos tendentes a obtener fondos para la causa emancipadora de la nación antillana, ya fuera vendiendo billetes en las calles, entrenando a grupos de aficionados en el arte escénico para incorporarlos a sus espectáculos y responsabilizándose siempre con la mayor parte del programa.

La prensa cubana de Nueva York recogería en sus columnas los ecos de tales actividades de “la calandria cienfueguera”. En 1897 vino al mundo su hijo Enrique.

Absorbida por las atenciones al niño renunció a su puesto en la Iglesia de San Francisco Javier para consagrarse a su papel como madre.

En aquella etapa ella y Guillermo Tomás recibieron la noticia del triunfo de los cubanos en armas y determinarían regresar a La Habana. Desde el primer momento en tierra cubana, la Aguado intentó revalidar sus laureles ante el público habanero y dejó escuchar su voz en el Salón López ante un numeroso auditorio.

Más, desdichadamente, una afección bronquial conspiró contra aquella maravillosa garganta. Su voz, salvo transitorios momentos de retorno a la salud, nunca más alcanzó su antigua fuerza. Durante esas circunstancias adversas de su vida, se afanó en la pedagogía para la cual poseyó extraordinarias aptitudes.

Llegó a ocupar la subdirección y la enseñanza del canto en la Escuela Municipal de Música, fundada por su esposo. Entre 1908 y 1913 cantó en los teatros Nacional y Payret en famosos conciertos organizados y dirigidos por su cónyuge, ya en funciones de director de la Banda Municipal de La Habana.

Serafín Pro, Hubert de Blanck, Serafín Ramírez y Blanche Baralt la consagraban en sus crónicas. Mas, la dolencia bronquial se agudizaba y el 6 de mayo de 1921 puso fin a la existencia de Ana Aguado.

Al conjuro de su voz cientos de cubanos habían ofrendado sus vidas por la patria.
Martí lo dejó subrayado en una carta envida a la artista: “Al disponerse a morir es necesario oír antes una voz de mujer”.


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